Democracia real ya

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Sentía cierta curiosidad por este movimiento desde que, en dos ocasiones recientes, pasé casualmente por la puerta del Sol en Madrid cuando los manifestantes andaban por allí. Además, algunos de mis amigos en Facebook parecen apoyar la iniciativa; así que me he dicho: echemos un vistazo a ver de qué va esto.

Pero ha sido “la primera y en la frente”, porque desde la frase inicial del comunicado de prensa que encabeza su página principal en la web, ya me han dicho lo que de esta plataforma puedo esperar. Cito:

“En más de 60 ciudades del Estado…”

No hacía falta leer más. Así que “el Estado”, ¿eh? ¿Qué Estado? No lo dicen. Puede ser el Estado angoleño, el Estado australiano o incluso el Estado de Wyoming (USA); aunque, por proximidad, imagino que se trata del Estado español. Pero, claro, eso de usar la palabra “España” o alguna de sus derivadas es demasiado comprometido. Lo de “España” está vedado a todo el que no se pronuncie de derechas; y la plataforma “Democracia real ya” no es ninguna excepción a esta regla. Por desgracia, uno de los mayores errores de casi todos los partidos españoles es el de adjudicar a las derechas el monopolio del uso de la palabra “España”, renegando así -de paso- de su propio país. Yo admito que el patriotismo a ultranza es síntoma de pobreza política y falta de autocrítica; pero el rechazo (o incluso la vergüenza) a pronunciar el nombre de tu país es -por contra- síntoma de pura estupidez.

No obstante -y volviendo al mencionado manifiesto-, yo seguí leyendo su comunicado de prensa hasta el final; pero sólo para encontrarme con un colofón que le hizo tanto daño a mi vista como lo del “Estado” a mis neuronas. Cito:

“…participación de trabajadores/as, parados/as, … jubilados/as, hipotecados/as…Unid@s, podemos.”

¡Vaya por Dios! Ya estamos con el desprecio al idioma en aras del populismo; con la redundancia, la cacofonía y la ilegibilidad al servicio de la causa política. Un desprecio -además- selectivo, oportunista, basado en la pura conveniencia; y es que sólo un párrafo más abajo la redacción continúa así:

“Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios”

¡Hombre!, ¿y por qué aquí no escribieron “nosotros/as los/as desempleados/as, los/as mal remunerados/as, los/as subcontratados/as, los/as precarios/as”? ¿Por qué usar la enumeración “feminista” en una parte del discurso y no en todo él?
Pura inconsistencia. Simbolismo vacío. Y es una lástima, porque el movimiento tiene aspectos muy positivos.
No obstante, yo tengo fe. Tengo fe en que otros grupos, otras plataformas aún por venir, recojan las ideas más importantes de Democracia real ya y las mejoren, amplíen y reivindiquen de modo menos ofensivo para ciertas inteligencias. ¡Entonces sí; ahí sí que estaremos en el buen camino de un verdadero cambio sociopolítico en… “Estado”!

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How to login as root in Xfce

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Here you’ll find how to login as root in Xfce.
But, first, let me start by saying that I hate stupidity. I simply can’t stand it. I know it’s the most common feature in human nature, but still I can’t bear with it. Why am I saying this?

Well, when I first wanted to log in as root in the Xfce environment, I found out that I couldn’t. It’s disabled by default. So, I did the same as you’ve just done: to try to google it. And what did I find?: stupidity; pure stupidity, because though dozens of people had posted that same question in dozens of forums, they all got was the same kind of reply: “Login as root in graphics mode is dangerous. You shouldn’t do it, and certainly I won’t tell you how to.” Then, of course I asked to myself: “Hmm…. How dangerous? Will my computer explode destroying half the humankind? Driving a car is dangerous. Installing Linux on your computer is dangerous. Doing anything as root in a console is risky…” I was really spaced out, astonished to see how many people refuse to help others under the weak grounds that “it’s dangerous”. So what, if it is? I can’t help thinking that those “gurus” are simply enjoying their power at knowing something they don’t want to share; they love to be patronizing. Idiots!!

Fortunately, I was lucky to find out the answer by myself, and I’m sharing this knowledge with you. Here’s how I did it (I’m talking about the Linux Mint Xfce and the gdm3 session manager):

Open a terminal and, as root, edit the file /etc/pam.d/gdm3. Comment out the line that says: “auth required pam_succeed_if.so user != root quiet success”. And there you are! Now you can login as root in an Xfce session.
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Ateos

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En principio, las declaraciones de ateísmo (¡y cuánto más sus manifestaciones!) me suscitan, como mínimo, una cauta desconfianza.

Y no es que sea yo ningún defensor de la idea divina ni, mucho menos, de cualquiera de las religiones que, reclamando -o no- para sí el monopolio de uno o varios dioses verdaderos, predican a sus feligreses -y a quienes quieran escucharlas- una moral, unas doctrinas, unos mandamientos o dogmas.

Nada de eso. Cierto es -bien Dios lo sabe- que ya no tiene Dios cabida alguna en el mundo que la ciencia ha sido capaz de explicar y que, en lo aún no explicado, resulta en el mejor de los casos apenas una hipótesis innecesaria (por citar la famosa expresión de Laplace). Los dioses, en efecto, no hacen maldita la falta… al menos en el cosmos inmediato y físico.

Sin embargo, hay aparentes realidades (y perdóneme el lector esta -también aparente- contradictio in terminis) contra las cuales nuestra razón (y digo bien: nuestra razón: mortal, finita y “tridimensional”) se opone con tal fuerza que apenas parece posible aceptarlas sin titubeos ni incoherencias, o vivir conforme a ellas con todo lo que conllevaría.

Cuando pienso, por ejemplo, en nuestro universo y el inexplicado Big Bang (al que se ha dado, tal vez, demasiada importancia a juzgar por las últimas teorías, que apuntan a que no fue sino el resultado de una colisión, no especialmente extraordinaria, entre cuerdas o membranas de otro universo mayor, multidimensional, de misterioso génesis y enigmático futuro); cuando pienso en el concepto de eternidad, tan incomprensible como inefable; o -ya un poco más cerca de casa- en el planeta Tierra, cuyas circunstancias tan casualmente particulares han favorecido la aparición de una vida capaz de ser consciente de su propia existencia y muerte, capaz de observar desde su microscópico y despreciable rincón al propio universo en su caótico devenir, capaz de comprenderlo como un fenómeno de doble naturaleza, cognitiva y real, interna y externa a un mismo tiempo (se extingue para cada ser humano con su muerte y, a la vez, existe indudablemente más acá y más allá de ella); cuando considero la dinámica terrestre, las placas tectónicas modificando la faz del planeta, creando y engullendo geografías tan distintas como diferentes estructuras pueden construirse con las piezas de un mecano, dejando siempre en evidencia lo insignificante y precario de nuestra especie (y de la vida en su totalidad) al compararla con los telúricos procesos… Cuando observo todo esto, me resulta casi imposible aceptar su inherente absurdo y, de paso, me cuesta creer que pueda afirmarse sin ligereza ni titubeos, con sincero convencimiento, que no existe ninguna Causa ni Fin (¿y hay acaso alguna otra forma auténtica de ateísmo?); me cuesta creer que pueda mantenerse con total certidumbre que la materia, la energía, el tiempo y el espacio están ahí, girando en un loco torbellino, en un fabuloso y eterno espectáculo cósmico de fuegos artificiales, desde siempre, hasta siempre y… ¡para nada!

Más aún: ¿cabe que, quien tal cosa afirme, albergue algún tipo de moral? Me explico: a la vista del descorazonador absurdo de nuestra existencia y ante la certeza de la muerte (tanto la individual y próxima como la colectiva, más lejana pero no menos cierta) como fin absoluto y último, no ya de cualquier posible espiritualidad sino también del universo (al menos en lo que a nosotros concierne), ¿qué lugar queda para la moral? Y no me refiero ahora a una moral “externa”, conductual, adoptada con cinismo por mor de lo social, sino a una verdadera moral íntima, a una creencia en ciertos valores y principios. A quien convencido esté de que no jugamos papel de relevancia alguna en el sideral teatro de la historia; más aún: a quien convencido esté de que ni siquiera existe tal teatro, sino que todo deviene por casualidad y sin sentido, siendo la humanidad no más que una ínfima y pasajera contingencia, ¿qué coño -con perdón- importa nada? ¿Para qué las energías renovables, las economías autosostenibles, la ecología? ¿Y no debería a nuestro ateo, por ejemplo, resbalarle la memoria que de él quede entre los hombres tras su muerte? ¿Qué le puede importar lo que aquí suceda, se haga, diga o piense entonces? Incluso hacia nuestros propios hijos, por mucho que los amemos, ¿no deberíamos adoptar una actitud algo más indiferente respecto a su futuro? Si, cada vez que un ateo muere, el universo todo muere con él (y pienso que esta es una forma aceptable de expresarlo), ¿qué más le da lo que suceda después? La memoria de un hombre rara vez sobrevive más de dos o tres generaciones; luego no queda nada. Como tampoco quedará ni rastro de la humanidad en un abrir y cerrar de ojos a escala geológica, no digamos galáctica. ¿Para qué, pues, preocuparse por el mundo que hayamos de dejar tras nuestra muerte? El perfecto ateo, ¿no debería ser un cínico, un hedonista? ¿Por qué, sin embargo, no lo es? ¿No subyace, al fin, bajo toda moral cierto sentimiento religioso?

Pero no se me malinterprete: mi intención está tan lejos de afirmar a Dios como lo está de negar el ateísmo. Admiro a los ateos. Lo que dudo es que haya tantos como dicen ser. Negar la existencia de cualquier Dios equivale, me parece a mí, a negar la de cualquier causa o razón última y, por tanto, a afirmar el terminante absurdo universal. Pero para sostener una afirmación de tal corte nihilista, para aceptar con serenidad y honrado convencimiento, antes que con teatro o dramatismo, el desconcertante absurdo de nuestra existencia; para, a la vista de este fabuloso y frenético espectáculo sideral en que estamos inmersos, vencer la irresistible sensación de que es imposible que nada de esto vaya con nosotros, hay que ser muy chulo; hay que estar hecho de una pasta que -siento decirlo- abunda en muchísima menor proporción que la cantidad de ateos que así se dicen.

Por esto; por dicha escasez que percibo en nuestra especie del temple necesario para ser un honesto ateo sin grietas ni inconsistencias, es por lo que en principio sospecho de quien tal se declara. Más aún: en la presteza con que muchos de ellos manifiestan su convicción, y en la vehemencia con que suelen arremeter contra los dioses o las religiones, creo más bien identificar un antiteísmo que un ateísmo; una rabia por no ver a Dios que una serenidad al saber que no existe; en el mejor de los casos, un agnosticismo.

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Translations

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Any of my frequent readers will already know that I find the idea fascinating of how closely connected to one another are language on the one hand, and ideas, concepts and cultures on the other. It’s patent that we can only say (or write) what we have previously thought of, thus making -apparently- the language a tool for expressing the ideas. However, it doesn’t seem so obvious, despite being equally true, that the language is also, at the same time, the vehicle for the ideas to take form; that it is a bidirectional process: we can only express what we think, but we can only think what we know how to express.

Effectively, language and thought are so akin that one can’t go without the other: we need the former to form the latter; without the language, we wouldn’t be able to have complex thoughts.

Therefore, how can we expect to properly translate anything? Of course, it’s always possible to put the main idea of a message into a new language; and the simpler the former, the more precise the translation; but we’ll always miss something in this process, because putting things in a different language (and being able to understand the result) would require us to be who we’re not: we can’t detach our personality -therefore our thoughts- from our mother tongue. People make the language, and language makes the people.

I’m sure I’ve already written things similar to this in some other post of this blog; and, for many years, my ideas upon the subject have remained the same: that when we switch to a foreign language, we assume a slightly different personality, or rather a modified version of the same. But this explanation didn’t fully satisfy me, because on one hand I couldn’t quite accept the idea of a changing personality, and on the other hand I had to face the case of bilingual people: do they have a double identity? That would be maddening, and doesn’t sound plausible. As a matter of fact, most of the bilingual people I’ve met seem to me to be quite clever, broadminded, and not suffering from any ambiguous nature.

So, recently I’ve modified my beliefs in this matter and now I’d rather say that learning a foreign language simply has the effect of broadening our mind, enriching us and making us somehow more complex. Thus, it would work basically (though in an amplified way) like getting to improve our own mother tongue: the better we learn another language, the more we get -added to our own selves- the treats of the folk who speak it since their cradles.

And a fine consequence, or reverse, of this theory would be a new idea: that, in turn, the broader our mind, and the richer or more flexible our personality, the easier should be for us to learn a new language.

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Of course all this are but my own thoughts. I’m sure there are well founded studies regarding the matter and thrusting trustworthy light upon it. If any of the readers here knows of some documentation about the subject, I’d love to hear of it.

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Cruzando fronteras

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De entre las varias formas cómodas de viajar a Varsovia desde L’viv, ninguna de ellas es rápida ni económica.

Este es el problema con los romeros de alpargata: nos metemos en la aventura a la fuerza, no porque nos guste sino porque el presupuesto no nos da para otra cosa. Cuando se lleva un buen fajo en el bolsillo y algunas tarjetas de crédito respaldadas por sólidas cuentas bancarias que se reponen con alegría cada fin de mes, es fácil meterse a aventurero, estando cierto de que, si las cosas se ponen muy oscuras, en última instancia no hay más que tirar de billetes para que la mayor parte de las veces todo se solucione más o menos a satisfacción. De hecho, y forzando un poquillo los conceptos, desde este punto de vista la aventura podría considerarse casi como una actividad de lujo, un privilegio de acomodados; y tanto más aventureros nos podremos permitir ser (sin que esto quiera decir que necesariamente lo seamos) cuanto más abultado nuestro patrimonio disponible.

Y no se trata aquí de quitarle mérito a quien pudiendo quedarse apoltronado con indolencia en el sillón de su casa decide en cambio liar el petate y largarse en busca de andanzas a lugares más o menos arriesgados o remotos, exponiéndose a peripecias que, por mucha plata que lleve, no siempre tienen por qué acabar bien. Pero, sin duda, el enfoque con el que se aborda una empresa viajera es muy diferente cuando se tienen las espaldas bien cubiertas por una economía saludable y saneada que cuando andamos con los céntimos contados. El viajero acaudalado no sólo es más libre de aventurarse a contingencias varias, sino que además puede afrontarlas con un talante más temerario o, cuando menos, osado. Los vagabundos de sandalia, sin embargo, no tenemos muchas opciones; debemos ir por la vida midiendo con cautela nuestros pasos y gastos, careciendo con frecuencia del margen necesario para optar entre distintas alternativas.

Por eso entre las posibilidades de transporte yo escogí la más barata, que podía resultar también -salvo el avión- la más rápida si no se me presentaban mayores contratiempos.

Consistía esta alternativa en viajar en marshrutka desde L’viv hasta Shegyni, ya cerca de la frontera; luego cruzar ésta a pie, coger en el lado polaco un minibus al cercano Przemyśl y tomar allí el único tren directo a Varsovia. Si lo perdía, tendría que viajar dando un lento, incómodo y oneroso rodeo por Cracovia; así que era esencial llegar a tiempo para ese tren.

Por esta razón, la mañana de mi partida salí del albergue a eso de las nueve, con un margen de horas que estimé suficiente. Los marshrutkas salían de la estación del ferrocarril, así que hacia allí me encaminé, mochila a la espalda. Apenas llevaba moneda ucraniana encima, pues la noche anterior una dulce lagarta se había bebido, dejándose invitar con sonriente descaro, las pocas hrivnas que tenía yo reservadas para mis últimos gastos; de modo que al llegar a la estación tuve que cambiar, a una tasa tan abusiva que me dejó malhumorado, lo mínimo indispensable para llegar hasta Polonia.

No bien tuve los ajados billetes en el bolsillo, salí a la esplanada frente al edificio de la estación y, cuando me dirigía a la parada del mashrutka, de repente noté unos fuertes y dolorosos pinchazos en la canilla que me estorbaban el movimiento, como si hubiese metido el pie en un cepo dentado: Era un perro, que había hecho presa de mi pierna por encima del tobillo. Impedido como estaba por el peso y el bulto de la mochila, no pude sino desprenderme de sus mandíbulas de un tirón. El animal se alejó unos metros y yo sentí el impulso de apuñalarlo; pero ni tenía con qué, ni había a mi alrededor una maldita piedra que arrojarle en revancha, así que me conformé con la derrota. Algunos transeúntes alrededor miraban con expresión curiosa pero sin mostrar mucho asombro: sin duda no era una escena nueva para ellos. Por suerte no parecía rabioso; y al morder había apresado el calcetín y el pantalón, de modo que sólo me hizo unos rasguños que, no obstante, me tuvieron unos días receloso.

Mientras esperaba en la parada la salida del autobusillo entablé conversación con una señora que, junto a una gran maleta, se dirigía también a la frontera. Era la mujer una ucraniana que regresaba a Cracovia, donde llevaba trabajando de limpiadora muchos años; circunstancia por la que hablaba polaco con total fluidez y gracias a la cual podíamos entendernos. Me cayó simpática y yo debí parecérselo a ella también, de modo que poco a poco fuimos estableciendo tácitamente una sociedad que subsistió mientras nuestros caminos discurrieron paralelos: yo la ayudaba con la maleta y ella me servía de traductora y guía.

Cuando llegó el mashrutka lo abordamos, dejamos el gran maletón junto al conductor y tomamos asiento. Fuimos afortunados por cogerlo en su parada terminal, porque enseguida se llenó de gente y muy pronto estuvieron todos los asientos ocupados, teniendo el resto de viajeros que ir de pie; más y más apretujados en cada nueva parada hasta parecer, literalmente, sardinas en una lata. Durante un buen tramo del largo trayecto iba tan lleno que apenas podían subirse nuevos pasajeros. La mayoría de ellos hacían sólo un recorrido parcial, entre pueblos, pero en general entraban más de los que salían, e iban tan apretados que resultaban dignos de compasión. Sólo al final, durante el último cuarto de hora, los desdichados que no tenían asiento disfrutaron de alguna holgura.

Dos horas tardamos en llegar hasta Shegyni.

Nada más apearnos del mashrutka nos asaltaron los “agentes”, una horda de mafiosillos que se dedican a cobrarte una comisión a cambio de gestionarte un paso rápido de la frontera. Gracias a mi guía, que los despidió con un gesto de desdén, no me vi cautivo de sus tramposas palabras. La mujer sabía dónde dirigirse y yo la seguí con lealtad canina. A lo largo de una larga valla discurría un senderito encementado que conducía a las oficinas de la autoridad fronteriza ucraniana. Allí nos pusimos a la cola de la única ventanilla para el despacho de viajeros, donde no nos demoramos más de diez o quince minutos, a pesar de que cuando me llegó el turno la funcionaria se entretuvo con mi pasaporte el triple de lo que tardaba en despachar a sus compatriotas o a los polacos. Se conoce que o bien los pasaportes de la UE requerían un examen más concienzudo, o bien la tentación de conseguir una mordida dilataba el trámite durante irresistibles minutos. Por fin me dejó pasar, y luego le tocó el turno a mi compañera, a quien apenas tuve que espear durante un momento.

Estábamos ya en tierra de nadie. Ahora sólo quedaba pasar la frontera polaca. Pero, como el viaje hasta Shegyni había sido considerablemente más largo de lo que me habían dicho, una buena parte del margen con que salí de L’viv se había consumido ya. No me sobraba demasiado tiempo si quería coger aquel tren.

Pero mientras nos dirigíamos hacia el edificio fronterizo mis esperanzas sufrieron un duro golpe: junto a la valla que separaba ambos territorios había uno o dos centenares de personas agolpadas, esperando sin orden ni concierto a ser admitidas a las oficinas a través de un sistema de cancelas parecido a los que se usan en las explotaciones agropecuarias para clasificar, tratar o embarcar al ganado. No había cola; aquello funcionaba “al bulto”. La mayor parte eran mujeres mayores, ucranianas que esperaban ser admitidas a Polonia para conseguirse algún trabajo como chachas, o bien contrabandistas que intentaban pasar su pacotilla diaria de vodka y tabaco al otro lado.

En cuanto llegamos a la retaguardia del grupo me preparé mentalmente para perder el tren, pues si en el mejor de los casos no nos llegaría el turno hasta dos o tres horas más tarde, yo empezaba ya a andar apurado incluso aunque nos admitieran enseguida.

Sin embargo, en consonancia con esa especie de mansedumbre del pueblo ucraniano que ya me había parecido advertir durante las dos semanas anteriores, este tropel de emigrantes no resultaba ansioso, no se enzarzaban en enconados forcejeos por conseguir un lugar más avanzado en la masa ni la emprendían a gritos con quienes pretendían, con más o menos justificación o caradura, obtener alguna ventaja. Y de esta relativa candidez supo aprovecharse mi despabilada compañera y, de rebote, yo también. Alegando que este pobre viajero español, solitario y desvalido, perdería su único tren a Varsovia si no pasaba pronto, consiguió la instantánea aquiescencia de varias personas para saltarnos la difusa cola; si bien no faltaron las protestas -no muy enérgicas, cierto- de quienes preguntaban si yo tenía el billete ya comprado. Al parecer, dentro de las leyes no escritas de ese paso fronterizo, entre los emigrantes se había establecido la costumbre de dejar pasar a quien, invocando premura de horario, ostentara un billete de tren válido.

No, yo no lo tenía. Entonces alguien sugirió que decidiera sobre el asunto el suboficial polaco al cargo de la puerta, aunque para esto era necesario puentear primero a la dócil muchedumbre. Y así, entre que las más piadosas se habían ya hecho a un lado indicándonos que pasáramos, y que las más díscolas no opusieron ninguna resistencia activa para impedírnoslo, poco a poco nos fuimos abriendo camino hasta la verja; de modo que, como quien no quiere la cosa, nos quitamos de en medio a más de la mitad de la gente.

Al otro lado de los barrotes había un simpático soldado polaco que, de puro milagro, hablaba inglés y a quien, sin el menor convencimiento, expuse mi caso: “Varsovia… el único tren directo… poco dinero… usted me comprende…” El hombre me preguntó lo mismo que las mujeres más atrás: si tenía billete; y al contestarle que no, replicó sin desagrado que todos los que allí esperaban tenían la intención de coger algún tren, de ir a alguna parte, y que no había razón que justificara un trato privilegiado. Sobre lo cual estaba en lo cierto, por supuesto. No obstante, como al fin y al cabo lo que sucediese a este lado de la valla no era su guerra, no puso ninguna objeción a que, ya que habíamos avanzado hasta allí, allí nos quedásemos e intentáramos pasar con el siguiente grupo de admitidos. El sistema de entrada era bien sencillo y se basaba en la secular costumbre del rempujón: el soldado descorría el cerrojo de la cancela y el ganado humano se precipitaba hacia territorio polaco a fuerza de codos (aquí, en esta angostura, se comprende que la docilidad ucraniana cediese ante las poderosas leyes de la dinámica de fluidos) hasta que hubiesen pasado suficientes cabezas, aproximadamente unas treinta en cada partida, cerrándose entonces la puerta.

Así, cuando llegó el momento, nos dispusimos a pasar con el nuevo grupo; nos hallábamos bien situados junto a la cancela, así que la cosa estaba ya prácticamente hecha, sin necesidad de empujar a nadie. Cuando se descorrió el cerrojo, empezó a entrar gente a toda prisa pero, para mi sorpresa, la mujer que iba delante mía se quedó como estancada, sujeta a la valla firmemente. ¿A qué esperaba? Yo, que había para entonces recobrado alguna esperanza de coger mi tren, vi con cierto enojo que no podía hacer mucho: a mi izquierda, la valla me impedía avanzar; frente a mí, la mujer me bloqueaba el paso y a mi derecha el caudal humano me cerraba el camino. Pasaban los segundos veloces. Vi cómo mi compañera de viaje, a sólo medio metro de distancia, avanzaba sin dificultad con la corriente humana mientras yo seguía allí retenido por aquella pasmada que me precedía, sin comprender qué le pasaba pero también sin querer empujar, confiando aún en que al final entraríamos ambos. Por último se decidió, soltó el barrote y se precipitó adentro. ¡Menos mal! Pero justo en ese momento el soldado cerraba la puerta y yo me quedé fuera por un segundo, agarrando la cancela con ambas manos, el primero para la siguiente partida… que no entraría sin embargo hasta veinte minutos más tarde, según me informó el polaco; los veinte minutos decisivos que me separaban del tren directo a Varsovia.

La verdad, no supe por qué aquella mujer me había bloqueado el paso. Parecía como si lo hubiese hecho adrede, reteniéndonos a ambos y avanzando en el instante preciso que le permitiese pasar y dejarme a mí tras la valla; como si fuera su particular revancha, en nombre de los pueblos ucraniano y polaco allí congregados, por haberme saltado todo el grueso del tropel. Pero prefiero suponer que no, que se trataba de simple atolondramiento.

Lamenté, también, el perder de vista a mi guía; pero, para mi sorpresa, ésta me esperó con fidelidad al lado polaco de la valla, fuera de las oficinas, mientras el resto de los que habían compuesto la partida entraban para el despacho aduanero. Quizá, después de todo, estimaba mi ayuda con la maleta más que los veinte minutos que habría de perder; o quizá se sintió unida a mí por cierto compañerismo.

Cuando, un rato más tarde, se abrió de nuevo la cancela para el siguiente grupo, ya no tenía yo ninguna prisa. Una vez dentro de las oficinas, el trámite fue relativamente ágil: primero comprobaron nuestros equipajes, por si llevábamos contrabando, y luego nuestros pasaportes.

A pesar de que mi visita a Ucrania había sido fecunda, cuando por fin me vi en Polonia sentí la alegría, o el alivio, de quien consigue huir a un país neutral en mitad de una guerra. ¡Quién me iba a decir a mí, sólo unos meses atrás, que Polonia llegaría a parecerme un lugar civilizado! A pesar del tiempo perdido, ambos estábamos muy bien humorados y nos felicitamos mutuamente.

No lejos de las oficinas, junto algunas taquillas de cambio de moneda, unas tiendas de alimentación y algunos kioskos de zapiekanka y café que constituyen la miserable villa fronteriza de Medyka, esperaban los minibuses que iban a Przemyśl, a eso de quince kilómetros hacia el interior. Este último tramo del viaje lo hicimos sin mayores contratiempos, y media hora más tarde estábamos ya en la estación del ferrocarril. Acompañé a mi benefactora hasta las taquillas para comprar su billete a Cracovia y luego hasta el tren, donde la ayudé a subir la maleta y acomodarse en el compartimento. Nos despedimos entre parabienes y abrazos.

Yo tuve aún tiempo para descambiar las pocas hrivnas que me habían sobrado e incluso para meterme entre pecho y espalda mi primera comida de aquel día, una deliciosa y nutritiva sopa de callos, flaki wołowy, especialidad polaca que había aprendido a apreciar en mis primeras semanas de vida en ese país, más de dos años atrás. Después regresé a la estación, compré mi propio billete y me subí al tren directo que, siete horas más tarde, me dejaría sano y salvo en la estación central de Varsovia.

Si algún lector se pregunta cómo es que, pese a todo, pude cogerlo, la respuesta es sencilla: en mis cálculos horarios de la víspera para decidir a qué hora debía salir del albergue, había olvidado incluir la diferencia de una hora local entre Ucrania y Polonia. Fue esta diferencia, estos sesenta minutos que me regalaron los cielos, la que me permitió llegar a tiempo para subirme al famoso tren.

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Parada y fonda en L'viv

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Mi primera impresión de Lviv fue bastante grata, en buena parte gracias a que el recepcionista del albergue me recibió con acogedora simpatía, ofreciéndome de entrada un té y sin mencionar, además, para nada el pago del hospedaje. Esto me hizo sentir bienvenido.

Mercadillo librero en la plaza Muzeina.

 

La zona más céntrica de la ciudad, bastante asequible al turista de a pie, me resultó muy agradable, y mis pasos me llevaron desde el elegante y entrañable parque Iván Franco de otoñal aspecto, frente a la universidad que le da nombre, hasta el casco viejo de polaco urbanismo, con sus lámparas de gas, calles adoquinadas y caducos edificios, pasando por la pintoresca y romántica plaza Rynok, el barroquismo de la católica iglesia Sagrada Eucaristía o el mercadillo librero de la plaza Muzeina; pero, sobre todo, me llamó la atención el aspecto pueblerino de un barrio al pie de la colina y parque Vysoki Zamok, con sus calles de tierra y sus casas individuales que, ubicadas en el centro mismo de L’viv, hacen un contraste formidable: el pueblo dentro de la urbe.

Plaza Rynok. Lviv.

 

Vieja en un balcón. Parque Vysoki Zamok. Lviv.

 

Calle Zamkova. Parque Vysoki Zamok. Lviv.

 

Calle Zamkova. Lviv.

 

El tráfico en L’viv es lento y pausado; no excesivo, pero suficiente para colapsar las estrechas calles que, atestadas de coches aparcados, no fueron diseñadas para tanto vehículo. Los conductores, por su parte, no me resultaron agresivos: al menos en comparación con la hostilidad polaca a que yo estaba acostumbrado, los ucranianos parecen, en general, bastante sosegados, sin muchas prisas ni histerias. De hecho, ellos mismos se lamentan de la mansedad nacional y su propia displicencia. Tal vez sea esta una de las razones por las que Ucrania está estancada entre dos economías, la europea y la rusa, sin terminar de acercarse a ninguna de ellas. Es un país perdido, innortado, que no se dirije a ninguna parte. Sólo un pueblo como el ucraniano podía haber protagonizado la pacífica y abúlica revolución naranja.

Lviv. Petra Doroshenka.

 

Y poco más pude aprender y aprehender en aquella mi primera y corta visita a Lviv, ciudad de pacatos hombres y generosas mujeres. Contribuyó no poco a esta opinión algo que me acaeció la víspera de mi partida: la joven y jugosa recepcionista de turno en el albergue aceptó mi invitación a unas cervezas cuando acabase su horario, así que por la noche me llevó a uno de los pubs más emblemáticos de la ciudad, Gasova lampa (La lámpara de gas), donde estuvimos de charla hasta avanzada la noche; lo suficientemente avanzada como para que, al final, nos enganchásemos; y así, sabrosamente enganchaditos, pasamos largo y la acompañé todo el luengo camino hasta su casa, a cuya puerta -¡ay!- no me permitió más que decirle adiós, dejándome un agridulce sabor de boca.

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65º nordur. Epilogue: The golden circle.

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This, our fifth day’s journey, would be the last one. There were several places to visit yet -some of them quite charismatic-, a good bunch of kilometres to drive and an errand to carry out. We weren’t sure if we would be able to do everything before dusk, but though we had some margin with delivering the Polo (due the next day at noon), we’d rather not hold it one hour longer than strictly needed. Therefore, we did our best to fulfill all our goals before the morrow.

As with the previous days, the morning was radiant: the sun shone on the white blanket that covered the land all around the farm hostel, emphasizing the deep blue of a nearby lake, the dark grey line of the sea -some ten kilometres to the southeast as the crow flies- and the hazy azur of the glacier peaks to the west . Perhaps -we guessed- this was what drove those farmers to open a hostelling business which they were so alien to: the relatively nice environment and its strategic location, right between two of the main attractions of the south Icelandic coast: Jökulsarlón to the east and Skógafoss to the west. Good locations are, quite often, the only resource of opportunists.

As nothing kept us in the unappealing Hvoll hostel any longer than the time we took for packing our things and having a quick morning coffee, we promptly loaded the car and left the place. The road was covered with the friendly packed down snow, and we drove on, stopping two or three times for taking pictures and having a quick lunch. By the time we arrived to Vik (the first town of some entity after Höfn, and the last of the “lonely south”), the sky was overcast and there were some scatterd snow showers, though not too heavy.

Frozen cascades.

 

By far, the worthiest motif around Vik are the rock stacks called Reynisdrangur. Watched from the desolate beach, the three alternating stripes of white snow, black volcanic sands and white foam of the haunting and raging waves, give together an inmense power to the rocks behind. As the legend goes, there were three trolls named Skessudrangur, Laddrangur and Langhamar who were pulling a three masted ship into the shore, but they were caught at dawn by sunlight and turned into rocks.

The Reynisdrangur, near Vik.

 

Surprisingly as for Iceland, it wasn’t easy to find in Vik a free wi-fi, which we needed for checking the weather forecast. At the store (one of those typical Icelandic road stores that I like so much, with their village-like, laid back atmosphere, often the centre of local life, the stopover on the way, the gas station, the occasional cup of coffee, the home-made soup, the friendly staff… they remind me of North America) there was no internet, and they forwarded us to the post office. But of course here we should pay for it, and not a particularly cheap fare; so, we decided to go to the youth hostel, where I knew they’d be pleased to help us.

And they were. The friendly receptionist welcomed us to sit at the lounge and use their wireless connection, which we did for some minutes: the forecast for the rest of the day was neither good nor too bad: cloudy, with occasional light snow or rain showers. Temperatures would get a bit warmer, some degrees above zero. Nothing to be afraid of. Unfortunately, one of the roads we were interested in taking was marked as “impassable”, but it didn’t bother us so much. The region of Iceland where we were heading, the famous Golden Circle (a.k.a. Golden Triangle) was very touristic, buses were constantly passing, as well as snowploughs, so that road conditions were never too bad there. And so, thus enlightened, we retook our driving.

Only a bunch of leagues away from Vik to the west, we reached Skógafoss, one of the biggest waterfalls in the country, with a width of 25 m and a drop of 60 m (like a 20 storied building) from what once, millions of years ago, were the cliffs of the coastline, to the present coastal lowlands. Due to the amount of spray it consistently produces, a rainbow is normally visible whenever the sun shines on the waterfall.

Skógarfoss with its consistent rainbow

 

According to the local legend, the first viking settler in the area buried a treasure in a cave behind the waterfall. A local boy found the chest years later, but was only able to grasp the ring on the side of the chest before it disappeared again.

But I’ve deem this as a quite boring story, and some time ago I made up my own legend: a beautiful slavic lady, on knowing of the existence of the cascade and the rainbow, told the man who was in love with her that, if he would catch the rainbow, she would wear it as a necklace and correspond his love. The man travelled all his way to the Skógarfoss and, pushed by the love for the lady, started climbing up the rocks; but, as he was from the far south and didn’t have clothes warm enough, he was freezing. When he finally reached the rainbow and stretched to grab it, he was dead, frosted forever into ice behind the water curtain and the foam. Since then, a rainbow necklace appeared around the slavic lady’s neck, and she was doomed to wear it till the end of her days.

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And there’s not much left to tell, the last part of our trip being dedicated to the too well known Golden Circle, consisting of three or four tourist attractions grouped more or less together in an area some one hundred kilometres east of Reykjavik.

The first one we visited was Gulfoss, a fall in the course of the river Hvítá. It first flows down into a wide curved three-step “staircase” and then abruptly plunges in two stages into a crevice 32 m deep, 20 m wide and 2.5 km in length. As one first approaches the falls, the crevice is obscured from view, so that it appears that a mighty river simply vanishes into the earth.

The mighty Gulfoss.

 

 

Snow cotton flowers.

 

 

Right by the Gulfoss view points there is a big hall with a souvernir shop and a restaurant where one of the best traditional lamb soups in the country can be ordered which, thanks to its surprisingly moderate price (as for such a touristic place) and the possibility of having seconds, makes for a cheap, filling and delicious unforgettable meal.

The next spot to visit were the geysers. This universal word takes its origin, precisely, in one of these natural, geothermal sprouts of water: Geysir, the first geyser ever described in a printed source and the earliest known to Europeans. The name Geysir itself means “to gush”. There are several of them in the same area, though most only erupt once every several years or decades. This is how Strokkur, the only one erupting every five or ten minutes and which a tourist can depend on for watching the show, looks like when in repose:

Strokkur, a geyser sprouting water every 5-10 minutes.

 

As there are countless pictures on the internet of a sprouting geyser, and as it’s a pain in the ass to wait, frozen handed, camera ready, for it to spring, and so take a nice shot, I won’t offer to my readers any of the really bad pictures we could take when it gushes the water up to the air. But it’s quite an spectacle. However, for me it was even more interesting to peep into one of these bottomless pots of smoking, sulfur smelling, crystal clear waters. When I leant onto the “brim” of the well, I couldn’t help a dizzy feeling of being at the edge of an abyss, and my imagination rockets to Jules Verne fantasies trying to think from which depths the water comes?, how does the magma looks like down there?, how is it in the center of the planet?, how can so much life exist and tread this extremely fragile crust of earth, forgetful of the colossal ball of fire we’re sitting on? Iceland itself isn’t but a crevice in this crust, where the earth shows its igneous, incandescent entrails. Bewildering.

We still visited a couple more places along this Golden Circle, like the Thingvellir: the old parliament of the first settlers, working as a ruling council before Icelanders submitted themselves to the crown of Norway; or the scenic Thingvallavatn, the largest lake in the country. But dusk was getting closer and the atmosphere was so grey and the light so flat that they rendered the earth almost reliefless, not really goof for taking pictures. However, here are a couple of them of Thingvallavatn:

Thingvallavatn

 

 

Close to Thingvellir, the old parliament.

 

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At the beginning of this chapter I wrote that we had an errand to do: Benito had been entrusted with delivering a bottle of Spanish wine to a lady in a village in the Selfoss district, not far from Reykjavik. The address the remitent provided consisted -like in the good old times when the world was young- in just a name, and the name of a village. Which, as for Iceland, was more than enough. However, the name of the village must have been badly spelled, because we weren’t able to find it neither in the maps nor in the internet, nor asking to people. We scanned the Selfoss area in the maps for places sounding similar to the one we were trying to find, but the closest we got was Skálholt, right in the middle of the Golden circle, and not so close to Selfoss. Still, there we went with the bottle, and rang the doorbell of its only inhabitant at that time of the evening: a lady, the first Icelandic person I’ve met who knew almost no English; and certainly not the addressee of the gift. So, having no more time for further inquiries, we gave up and left the wine undelivered. In any case, this failed errand took the rest of our time for that day. There was nothing left to do but returning to Reykjavik.

Oh, of course on our visit around the Golden Circle we still found -as a kind of goodbye- along the road some snow heaps almost invisible in the dusk, some dangerous narrowings, some places where we were close to get stuck. But by this time the readers will be so familiarized with them as we by then were, and it will be of no particular interest to you to read about it, nor for me to write.

Once we arrived to Reykjavik, sound safe after this somewhat adventurous trip, we indulged ourselves to the one and only, the unique, the inimitable lobster soup in the famous Saegreifinn.

Benito and me having a lobster soup at Saegreifinn, Reykjavik.

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